Por Nina Ticor: La política en Nuevo León ya dejó de ser una competencia por gobernar. Ahora es una competencia por protagonizar el siguiente capítulo. Samuel García quiere ser el personaje principal de cada conversación; Adrián de la Garza no pierde oportunidad para recordar que ahí está, listo para el siguiente round; los diputados descubrieron que una conferencia de prensa vale más que una sesión de trabajo y los dirigentes de partidos viven convencidos de que un micrófono resuelve lo que los votos no pudieron.
Todos dicen que trabajan para la gente. Qué detalle. Porque viendo el espectáculo cotidiano, cualquiera juraría que trabajan para alimentar su propio ego.
Aquí nadie pierde una oportunidad para salir en la foto, pero sí pierden muchas para ponerse de acuerdo. La política se convirtió en una pasarela donde lo importante no es quién gobierna mejor, sino quién logra más entrevistas, más cámaras y más reproducciones.
Samuel gobierna como si el estado fuera una enorme red social. Todo merece un video, un slogan y una canción de fondo. Adrián, por su parte, parece entender que cada obra también puede ser una plataforma electoral. Los demás no se quedan atrás: si no inauguran algo, convocan una rueda de prensa; si no tienen una rueda de prensa, publican un video criticando la rueda de prensa del adversario. El círculo perfecto de lo absurdo.
Lo extraordinario es que todos se acusan exactamente de lo mismo. Samuel dice que los otros representan la vieja política. La oposición asegura que Samuel solo gobierna para TikTok. Los alcaldes culpan al Estado. El Estado culpa a los alcaldes. Los diputados culpan al Congreso anterior. Y si un marciano aterrizara en Nuevo León, probablemente también terminaría siendo responsable de algo antes de que acabara la semana.
Mientras tanto, los ciudadanos observan esta guerra de egos con la resignación de quien ya entendió el juego. Saben que cuando un político habla de “poner a la gente en el centro”, normalmente se refiere al centro… de su discurso. Porque en la práctica, el único que nunca abandona el primer plano es él mismo.
Quizá por eso la política dejó de generar admiración y empezó a producir cansancio. No porque falten obras, proyectos o ideas, sino porque sobran protagonistas.
En Nuevo León tenemos gobernador, alcaldes, diputados y dirigentes que parecen competir por el premio al personaje del año, cuando el único reconocimiento que deberían perseguir es bastante sencillo: que la gente pueda decir, al terminar su encargo, hizo más de lo que presumió.
Sin embargo, creo que el verdadero talento de nuestra clase política no es resolver problemas, sino encontrar la manera perfecta de explicarlos, justificarlos y, de preferencia, grabar todo en vertical.